El otro día, una vez más caí en mis sentimientos fatalistas, aquellos recurrentes, como el miedo a la muerte, perderme a mi mismo e incluso una melancolía absurda por lo que ha llegado a ser el presente, añadiendo a estos una pizca de remembranzas sobre aquellos efímeros fragmentos de mi pequeña existencia, todo estas maquinaciones abruman el caudal de mis pensamientos, siendo únicamente puestos en calma por un extraño sentimiento de esperanza.
Desde ya hace un tiempo existe esa chispa de voluntad o lo que rayos me posea, aunque como me gusta verlo es el verdadero yo hablándome, siendo la pureza que tuve alguna vez, escapando de su sepulcro entre cortes, tajos e incontables apuñaladas que la hermosa vida le dio.
También siento que desde muchas otras mentes más dignas que la cual la vida me brindó, han representado aquel cambio o intercambio de ideas como un choque colosal entre gigantes bíblicos, los cuales en su para nada despreciable trifulca rompen con la mente de la pobre alma en la cual reside el conflicto, pero, en mi psique, la cual no brilla por ser la más calmada, esta pelea digna de las más grandes epopeyas se siente como un hermano mayor consolando a su berrinchudo hermano pequeño.
He de afirmar que conozco que hay un miedo latente en mi, el hecho de que una de estas partes abruma a la otra me concierne, en cierta medida me aterra que esta linda escena de hermandad termine como la tragedia de los primeros hermanos.
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